Sobre mí

Si en algo soy especialista, es en fuerza. Durante toda mi vida, desde que tenía tres o cuatro años, he vivido con una obsesión: cultivarla. En mi imaginación, esa fuerza era la que me iba a salvar y me iba a hacer una persona realizada, poderosa y de éxito.

El primer regalo que recuerdo, y que me hizo mi abuela materna, fue un martillo. No un martillo de juguete como los que regalan ahora a los niños. Fue un martillo de verdad. Y yo, que por aquel entonces debía tener dos o tres años, me tomé aquello al pie de la letra: debía dedicar mi vida a golpear con ese martillo para que me tomaran en serio. De hecho, al primero que golpeé fue a mi abuelo con el correspondiente chichón que le causó.
Después me seguí dedicando a estar fuerte. Mi pasatiempo preferido era pegar a los otros niños para que se dieran cuenta de quién mandaba allí. La que mandaba allí era yo, por supuesto. Y para eso había que ser fuerte. Tan fuerte como pudiera.
Ya durante la adolescencia me dediqué a hacer atletismo. En concreto a lanzar peso, disco y martillo y a hacer miles de series de pesas moviendo miles de kilos para ser algo tan abstracto como la mejor (¿de verdad se puede ser eso?). Cuando pasó aquella época volqué todos mis esfuerzos en el periodismo y mi primer trabajo serio, en una agencia de noticias, hizo posible que todo ese esfuerzo y competitividad que había volcado en el atletismo, lo trasladara al periodismo.
Al principio esa competitividad me satisfacía. Hacía que la adrenalina estuviera presente durante todo el día en mi vida. Había intensidad y cada vez tenía más poder. Pero a medida que esa intensidad y ese poder crecían, en igual medida lo hacían mi vacío interior y mi sensación de profundo descontento. Sabía que había algo que estaba haciendo mal. Que esa fuerza y ese poder que tanto había anhelado no me estaban dando la felicidad. Tampoco me lo daba el dinero, el poder hacer lo que quisiera hacer en cualquier momento. Ahí fallaba algo.
Lo que fallaba era yo. Era mi orientación. Eran mis metas y mi manera de expresar esas metas en el mundo porque esa orientación me alejaba cada vez más de mi esencia, de mis necesidades, del contacto con quien soy en realidad.
Ese contacto llegó a través de la terapia humanista, del eneagrama y, en especial, del trabajo en el Programa SAT de Claudio Naranjo, con quien encontré el camino que, sin saberlo, siempre había estado buscando. Y ese camino no era otro que el de mi esencia, el de la conexión con quien soy yo en realidad y con eso que tanto he intentado tapar a través de la fuerza física y de la lucha por el poder: ese yo real es un yo amoroso, también miedoso, vulnerable a ratos y a ratos con una determinación extraordinaria.
Por encima de todo, es un yo que tiene en su corazón su principal fuerza, en un corazón del que emana una misión que le da un plus de energía para seguir un camino más allá de quién soy, orientado al servicio y más a dar que a recibir o a acumular. Un camino en el que yo pinto poco, en el que yo ya no soy importante porque lo que en realidad importa es ser un vehículo para que las personas que hacen procesos de desarrollo personal conmigo, ya sean de forma presencial en Málaga o Barcelona u online vuelvan a conectar con esa fuerza interior que ha estado aletargada durante tanto tiempo. En definitiva, un vehículo para que vuelvan a conectar con su verdad, con su esencia, con el ser y ponerlo a bailar la danza de la vida.